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VOLAR



Aquest text el tenia pendent des del passat 29 de maig. No és meu. És del Román Reyes, rector de la Euro Mediterranean University Institute –EMUI, i Catedràtic de Ciències Socials i Jurídiques de la Universidad Complutense de Madrid. Bé, el Román també és escriptor i, sobretot i especialment, un bon amic amb qui parlo i comparteixo tot i que molt menys sovint del que voldria. A la foto, el Román a classe.

Aquest escrit, que ell va titular “Volar” em va agradar molt quan el va compartir al seu mur del Facebook on el Román escriu cada dia. I el comparteixo avui, amb el seu permís, amb tots vosaltres. Crec, sincerament, que és una d’aquelles joies literàries que cal tenir en compte, rellegir de tant en tant i no oblidar mai. No és un text fàcil ni lleuger. És un text nodrit, ple d'elements per pensar, que convida a la reflexiò en cada paràgraf.

VOLAR

Hay aves que vuelan bajo para recordar a los humanos que otro mundo es posible. Que podemos volar mucho más alto que ellas. ¡Pero tardemos tanto en descifrar sus mensajes!. A veces, ya es demasiado tarde para emprender vuelos que hace tiempo deberíamos haber intentado. Y hasta hay peces que juegan a volar. Y lo consiguen. 

Una es radicalmente mundana. O no es. No existe posibilidad alguna de ‘huir del mundo’. Por eso cualquier intento de ‘retiro’ es ficción. Falacia. Suposición. Una huida de sí misma. En definitiva. ¿A la búsqueda de un re-encuentro consigo misma en espacios no-mundanos?. Pura contradicción. 

Nunca entendí por qué, si es cierto que ‘Dios es amor’ (o insiste tanto en que los humanos nos amemos mutuamente), quienes dicen creer en él construyen conventos o monasterios. Hacen cruzadas. Amar nunca fue oficio de dioses. Porque amar es ‘pathos’, pasión. Donación. Romperse y fraccionarse. Para reconstruirse. La simple ‘idea de dios’ implica totalidad indivisible. Si los dioses amaran dejarían de ser dioses. Trasciende sólo lo que queda. Esa ‘idea de lo divino, lo oculto’ no es otra cosa que la inmanencia de lo que permanece. Por eso es permanencia, soporte. Y destino. Por eso tiene sentido el silencio. Jamás la afonía. Por eso aún es posible ‘ver’ en la oscuridad. En las tinieblas. Yo soy, por tanto, ‘mundana’. Del mundo no se puede huir. Escapar. Porque una es, por naturaleza, ‘con el mundo’. Sin él no somos nada. 

Hellen Keller se preguntaba: “¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?”. Mi hijo, Román Reyes (Jr), recibió el galardón.2013 al mejor actor, en la Ed. XI de ‘Notodofilmfest’, por su corto, que precisamente lleva el título de “A rastras”. Una cruda descripción del desencanto de la juventud actual, que, para sobrevivir, se ve obligada a aceptar trabajos precarios, muy por debajo de su cualificación o aspiraciones. Pero, a fuerza de resistir, algunos (muy pocos) consiguen alzar el vuelo. Como mi hijo, aunque su status, desde hace casi cuatro años, sea de ‘actor en paro’. Ellos, que, sin duda, no saben quién es, han entendido lo que Frida Khalo hizo lema de su resistente vida: “Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar”. 

Volar es ganar en perspectiva, sin perder la precisión. Se pierde la cercanía de las cosas. Es cierto. Éstas importan más por su localización sobre un mapa, por diseñar y fijar. Sin que pierdan su identidad. Su sentido propio. Al volar, lo cercano, lo familiar, queda en suspenso. Se detiene. Se pierde la relación habitual con las cosas. Desaparece la ‘nuance’. Los matices. Las sorpresas que recibimos cuando reparamos en detalles que son específicamente suyos. La interacción. Sin intermediarios. Sin filtros. La ‘contaminación’, la dependencia de los otros es ahora, al volar, sólo una imagen. Un recuerdo parado en el tiempo. En el último instante. Antes de partir. Al regreso siempre ‘ha sucedido algo’ de lo que yo no pude ser protagonista. Pero vuelvo con visiones nuevas, con perspectivas o sueños renovados, que renovarán, a su vez, la visión de quienes se quedaron. De quienes no me acompañaron en el vuelo. ‘Lo importante no es volar alto, sino hacerlo acompañado’. Dice un refrán popular. Por mí volaré. Sólo por mí. Para hacerme merecedora de volar por ti. Si una se aventura a alzar el vuelo. Y su perspectiva. Las fronteras de lo real posible. Lo que se repite. La cotidianidad. Y la monotonía. La acción (o la decisión) postergada. Dormida. Y los sueños que sólo se proyectan en el pasado que pudo haber sido. Que más nos duele. O que más placer nos proporciona. Porque “cuanto más se eleva un hombre, más pequeño les parece a los que no saben volar” (Friedrich Nietzsche). 

El mundo, nuestro mundo, es estrecho. Y nuestro universo, angustiosamente cerrado. Cuando una camina, cuando aprende a caminar, las superficies son aparentemente planas, estables y seguras. La movilidad sobre ellas es, sin embargo, perezosa. Los límites son idénticos. Las fronteras, siempre las mismas, cada día que pasa. La ‘seguridad’ queda garantizada, si una no se extravía. Si no se sale del mismo camino. Que todas recorren al mismo ritmo, a idéntica fluidez. Pero sin posibilidad de dejar huella alguna. 

Vivir es asumir riesgos. Asomarse al borde del abismo. De lo incierto. De lo pretendidamente inalcanzable. "Acérquense al borde, les dijo. No podemos, tenemos miedo, contestaron. Acérquense al borde, repitió. Y se acercaron. Él los empujó... y levantaron vuelo". (Guillaume Apollinaire)
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