09 de juliol 2017



Del Cesare Pavese vaig conèixer primer la seva vida i més tard, la seva obra. Jo era molt jove i un amic d’aquella època, el mateix que em va descobrir a Leonard Cohen, em va recomanar a aquest rar escriptor. Dic rar, i hi sumo estrany, perquè la vida de Pavesa va ser moguda sentimentalment i fruit dels desenganys es va suïcidar als 42 anys. Però el seu llegat literari és molt gran i de moltíssima qualitat.

El considero un escriptor molt descriptiu però sense arribar a excedir-se adjectivant, aplicant la senzilla de narració per parlar d’escenes quotidianes plenes de bellesa i gent. Pavese seria l’Eric Rohmer de les lletres o el Robert Lepage de la música. 

El primer llibre que vaig llegir-me del Cesare Paveses va ser El oficio de vivir, el seu diari personal que arriba fins el dia final en que decideix acabar amb tot. El segon, una autèntica meravella anomenada El bello verano. Després... tots els altres.

Comparteixo un fragment del llibre “Trabajar cansa”. Assaboriu-lo. 

... 

Mis tierras de viñas, ciruelos y castaños, donde siempre han medrado los frutos que he comido; mis hermosas colinas dan un fruto mejor que el de mis sueños de siempre, el que no he mordido nunca.  Cuando se tiene seis años y nos traen al campo solamente en verano, ya es mucho lograr escaparse al camino y comer fruta verde con muchachos descalzos que apacientan las vacas.  

Bajo el cielo de verano, tendidos en los prados, se hablaba de mujeres entre juegos y riñas y los otros sabían misterios y misterios murmurados y rientes en el ocio divino.  Por el camino, frente a la villa, aún se ven —los domingos— pasar sombrillitas desde el pueblo; pero la villa está lejos y ya no hay muchachos.  

Mi hermana tenía entonces veinte años. Venían siempre a visitarnos, en la terraza, las bellas sombrillitas, claros vestidos veraniegos, palabras risueñas: maestritas. Hablaban quizá de libros que entre ellas se prestaban —novelas de amor—, de bailes y de encuentros. Yo las oía inquieto, sin pensar todavía en brazos desnudos, en cabellos soleados. 

Mi momento llegaba cuando me escogían como guía del grupito para ir a comer uvas sentados en el suelo. Se burlaban de mí. Una vez me preguntaron si ya tenía yo mi enamorada.  Más bien me aturullaron. Yo andaba con ellas para deslumbrarlas con mi destreza al trepar un árbol, hallar hermosos racimos, correr velozmente. 

Una vez encontré junto a las vías del tren a la más esquiva de estas muchachas, de faz algo absorta, pero de un rubio quemado y que hablaba italiano.  La llamaban Flora. Yo estaba tirándole piedras a las ruedas de los trenes. Mi amiga me preguntó si en casa conocían mis hazañas.  Me quedé confundido. Y la pobre Flora me llevó consigo porque iba —me dijo— a ver a mi hermana.  

Era una tarde bella, de las primeras del verano y por ir un poco a la sombra y llegar más pronto nos fuimos por los prados. A mi lado, Flora me preguntaba sobre algo que ya no recuerdo. Llegamos a un arroyo y yo quise saltarlo: acabé a medio arroyo, entre la hierba. Flora se rió en la otra orilla, se sentó luego y me ordenó que no mirara.  Yo estaba agitado. Oía chapotear en la corriente, chapotear y me volví de pronto.  Ágil como era y fuerte en su cuerpo escondido, mi amiga bajaba por la orilla, las piernas desnudas, deslumbrante. (Flora era rica y no trabajaba.)  Me lo reprochó levemente y se cubrió pronto, pero reímos al fin y le tendí mi mano.  Caminando de vuelta me sentía muy feliz.

Al volver a casa no fui castigado.  En mi pueblo hay docenas de muchachas como Flora.  Son el fruto más sano de aquellas colinas; los parientes ricos las mandan a estudiar y alguna siega en los campos. Tienen rostros morenos que te miran tan serios y son tan golosos: señoritas que visten al estilo de la ciudad.  Tienen nombres fantásticos tomados de los libros: Flora, Lidia, Cordelia, y los racimos de uva, las hileras de chopos no son más hermosos.  Siempre me imagino a una de ellas diciendo: 

Mi sueño es vivir hasta los treinta años en una casa en lo alto de una colina golpeada por el viento y dedicarme tan sólo a las plantas silvestres que nacen allá arriba.  Saben bien qué cosa es la vida: en las escuelas pasan en medio de todas las miserias, las cínicas bestialidades de pequeños brutos, y siempre son jóvenes. De viejas...  pero no quiero imaginarlas viejas; para mí  siempre las tendré frente a mis ojos, mis maestritas, con bellas sombrillitas, vestidas de claro —por el fondo de la colina un poco abrupta y  quemada—  mi  fruto, el más bueno, que cada año renueva.   


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