28 d’abril 2012


Un altre text breu que he fet recentment i que crec que us pot agradar. Aquí hi ha de nou l'element del periodisme com a punt de partida i la política com a complement al fil narratiu.

CONFITURA POLÍTICA 

Silenciado por sacar información incómoda, en un medio estimulado por las aportaciones  de empresas que limpian su imagen con anuncios demagógicos, decidió cambiar la gran redacción del principal periódico de la capital por una plaza en la sección de sucesos de una gaceta local en un pueblo de montaña cercano a los dos mil habitantes y muy próximo a la frontera con el país vecino. 

Cambió el caos de papeles rebeldemente hacinados y la tensión de ciertas llamadas por una mesa pequeña y desierta donde el polvo era el único ocupante hasta su llegada. Abrió su maletín de piel y fue distribuyendo estratégicamente sus tres elementos de trabajo indispensables. A la izquierda un ejemplar de frases celebres que le servía a menudo para acotar sus artículos cuando se requería cierto sarcasmo, anclada a la derecha su fiel grabadora y en el centro, justo en el centro, un lápiz. 

En su anterior trabajo como jefe de sección tenía bajo su control una docena de personas. Ahora compartía oficina con tres personas más. Entrando a la izquierda estaba el responsable de todo menos deportes, a su lado el redactor de deportes y nada más, a la derecha el director y al fondo a la derecha, como siempre, la puerta de acceso al lavabo. Él estaba en el centro de la sala, en el mismísimo centro, emulando ese papel de control del momento y el medio, de firmeza y solidez, que asume un triste lápiz.

Pasaron dos días antes de la llegada del primer caso relacionado con la sección de sucesos. Bajó a la calle con su grabadora y se dirigió al lugar de los hechos con la intención de recabar la máxima información. Conocía el lugar de destino por las instrucciones que la había dado el director pero ignoraba el origen y la magnitud de la posible tragedia digna para publicarse en la media página que le habían otorgado para la edición del periódico del día siguiente.

Se desplazó con su coche al embalse situado en las afueras del pueblo y a su llegada vio a un hombre visiblemente trajeado sentado en un banco. No lo reconoció hasta que lo tuvo a cuatro o cinco metros. Y se asombró del encuentro pues lo conocía a la perfección. 

Era un concejal con quien había tenido mucha relación durante todos los años gastados en la capital. Había conocido su presunta implicación en un caso de corrupción viendo las noticias de la televisión. Le otorgaba la presunción de inocencia que obliga el ejercicio pero se temía lo peor vistas, y también vividas, ciertas actuaciones anteriores del político que ahora tenia de nuevo delante aunque en un marco diferente. 

El visitante le pedía protección y cobijo. Había admitido su culpabilidad en el caso de corrupción y en pocas horas la policía iría a su domicilio o al despacho del Ayuntamiento para proceder a su detención. La misma persona que durante dos mandatos le presionó para evitar la publicación de ciertas informaciones ponía su futuro en sus manos. El mismo personaje acostumbrado al mimo de los medios, siempre a cambio de dinero para los editores, se rendía ante él. Con la duda de salvarle el culo o cortarle la cabeza optó por tener más cara que espalda y decidió ponerle a prueba. Le buscó habitación en uno de los hoteles del pueblo, muchos de ellos ya llenos por la celebración esos días de la Feria del Ganado, y le invitó a quedarse sin molestar. Pensó que en esta vida todo cae por su propio peso y no se equivocó. 

El nuevo huésped creyó que lo que pasa en los pueblos se queda en ellos y no llega a las grandes ciudades. Pero ignoró algo esencial al no pensar que es en estos pequeños espacios donde los grandes telediarios son la esencia del debate cotidiano. Poco tardó la policía en dar con él tras la llamada de los inquietos vecinos. El titular de sucesos de la gaceta a la mañana siguiente anunciaba: No es el tamaño del bote. Es la confitura.

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