15 d’abril 2012

Geografias suaves y renovadas a cada tacto en el cuerpo inexplorado. Un mar de olas enredadas en el pelo, vaivén de aromas, océano de sabores. Complicidad en los abrazos, la calma con ellos, la paz en la proximidad. Ojos que hablan, otros que pasean por dentro, paseo visual del bienestar. De día es noche y las madrugadas, sin tiempo. Y el placer de la caricias dadas, de las que no se escapan y las que se capturan a cada gesto, de las que te regalan. Manos frías y corazón al borde del quiebro por las emociones. 

Acceder a lo inaccesible con tímido pecado. Y un mar de agradables dudas y de preguntas tras esa sensación de volver atrás y reencontrarse en ese ser inexperto y deseoso de aprender, de aplicar el carpe diem de la coherencia sin otra misión que el momento y el deseo del siguiente segundo. Tocar el cielo con la punta de los dedos y acariciar las nubes más queridas para comunicar en silencio el momento. Así, así sí es fácil coser los días con los días y mantener intacto el tapiz de la felicidad.

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