27 d’abril 2012


Palabras en el café és un text breu que vaig escriure fa poc temps i que comparteixo avui amb vosaltres. El fil conductor és el periodisme i els locals on s'aconsegueix més i millor informació, les cafeteries. 
PALABRAS EN EL CAFÉ

Era un buen periodista. Sabía que la información se consigue en las barras de los bares, en las tertulias de las íntimas cafeterías, lejos de las mesas de las redacciones donde se trabaja con especulaciones deformadas con tanto boca a boca que acaba alterando la esencia del mensaje. 

Era un cliente habitual del café en todos los sentidos. Apreciaba el aroma del local y el sabor del contenido de la taza que algunos días se hacía acompañar con unas gotitas de licor y una ligera nube de leche condensada. Siempre a las tres de la tarde. La hora en que salía de su primera oficina, la redacción, y abría la otra, su segunda casa, su Café. 

No era muy hablador. Gozaba escuchando en silencio. Ejercía ese gozo siempre disimulando su mirada hacia todas partes menos en la mesa donde centraba, con cuidadosa atención, toda su capacidad auditiva, mermada por los años, mientras anotaba mentalmente nombres, lugares y detalles importantes.

Tampoco era propenso a la sonrisa fácil aunque su sentido del humor se despertaba cada vez que entregaba su columna de opinión para la sección de confidenciales al director del periódico donde empezó su carrera años atrás y en el que pretendía seguir hasta su jubilación oficial aunque no definitiva. Porque un periodista es como el policía de las películas americanas que entrega la placa y queda relegado del caso pero lo sigue investigando y lo resuelve antes que sus compañeros. El periodismo no es una profesión más. Es una filosofía de vida, una forma de seguir respirando, una segunda piel que jamás muda.

Quizás por este modus vivendi, esclavizador y necesario, se quedó un rato más a hacer compañía a la barra de ese café de tarde convertido en bar de copas con la llegada del atardecer y el paseo de la luna que traía la noche. 

Y fue así que descubrió que se le acababa una etapa, que se iba a quedar en el paro, que el periódico cerraba por la crisis, bajaba la persiana y dejaba sin trabajo a sus sesenta empleados. Nadie lo sabía. Ni sus compañeros ni el propio director. En la mesa en la que a una distancia prudencial había anclado sus orejas se sentaban el propietario de la cabecera de su amado diario y los futuros compradores del local que sería derribado para convertirlo en un bloque de viviendas de ocho plantas con bajos comerciales. La empresa editora anunciaría pérdidas, propondría un expediente de regulación y, tras el cierre y finiquito del personal, se embolsaría una cantidad ingente de dinero. 

Y en ese punto en que el hombre vuelve a la niñez ante los miedos que le acechan, y que le aportan inocencia y descaro, optó por romper la tradición y rebeló su posición y objetivo a los ocupantes de la mesa. Se presentó, les anunció su intención dejándoles perplejos por su presencia y les puso contra las cuerdas ante la amenaza de contar el plan a sus compañeros de la redacción y a los de los otros medios. 

- Como dijo el poeta: sin riesgos en la lucha no hay gloria en la victoria.

Soltó el eslogan y, emulando al torero que cree en la tarde, citó al animal al centro de la plaza para hacer el último pase de pecho. Y fue su mejor faena en años pues tras anunciar las intenciones de cierre al resto de la plantilla se cambió la portada del periódico de la mañana siguiente que anunciaba con orgullo: Este periódico se vende pero hoy invita la casa. Gentileza del editor.

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